Nuestra historia
El Centro Barrial Ceferino Namuncurá comenzó su camino en Río Gallegos el 30 de marzo de 2016, como respuesta a las situaciones de calle y consumos problemáticos que atravesaban muchas personas, especialmente jóvenes, de nuestra ciudad.
Con el tiempo fuimos aprendiendo que no alcanzaba con mirar solamente el consumo de sustancias. La realidad de las personas nos fue enseñando que era necesario acompañar también la salud, la alimentación, la vivienda, la educación, el trabajo, los vínculos familiares, la documentación y, fundamentalmente, la posibilidad de volver a sentirse parte de una comunidad.
En 2019 nació la Casa Taller Ana María “Puchi” Vivas, ampliando la propuesta hacia espacios educativos, formativos y de aprendizaje de oficios. Durante la pandemia continuamos acompañando a las personas y familias, llegando a entregar cerca de 500 viandas en cada jornada de apertura. Esa experiencia también permitió reconocer nuevas necesidades y generar posteriormente espacios socioeducativos y terapéuticos.
Así, Fundación Ceferino fue creciendo no solamente como una institución, sino como una comunidad que acompaña, aprendiendo permanentemente de las personas y del territorio.
Nuestra espiritualidad
Al ser parte de la Familia Grande Hogar de Cristo, hemos asumido también una manera particular de mirar y acompañar la vida. Una espiritualidad que nos invita, ante todo, a “recibir la vida como viene”, reconociendo la dignidad y el valor de cada persona, cualquiera sea la situación que esté atravesando.
Entendemos la espiritualidad como una dimensión constitutiva del ser humano y un eje transversal del cuidado integral. No la reducimos solamente a una práctica religiosa, sino que la comprendemos como una experiencia profundamente humana, vinculada con la búsqueda de sentido, la esperanza, la posibilidad de reconstruir vínculos y de volver a sentirse parte de una comunidad.
Esta dimensión adquiere especial importancia cuando acompañamos historias atravesadas por el sufrimiento social, la soledad, la exclusión o los consumos problemáticos. Muchas veces, acompañar también significa ayudar a recuperar motivos para levantarse, confiar nuevamente en otros, reconstruir un proyecto de vida y descubrir que siempre existe la posibilidad de comenzar de nuevo.
Desde esta mirada, la espiritualidad atraviesa nuestra manera de recibir, escuchar, cuidar y acompañar. Se expresa en la cercanía, en el encuentro cotidiano, en compartir la mesa, en sostener al otro en los momentos difíciles y en celebrar juntos cada pequeño paso.
Porque para nosotros nadie se recupera solo: necesitamos de otros para reconstruir la vida, recuperar la esperanza y volver a sentirnos parte.
